lun. Jun 24th, 2019

Un diálogo con Jaime: Historia, libros y un sueño

Por Manuela Zapata

 

-Este corredor estuvo lleno de libros.

Jaime se gira un momento y repasa el lugar con la mirada. A su espalda, se
encuentra un amplio corredor, el que suele aparecer en las casas pereiranas. Los
cuartos se esconden al costado, y no hay espacio desnudo en las paredes: los
cuadros, sin distinción de estilo o artista, lo abarcan todo.

-Pero me mamé. Porque además ve uno todo tan inútil, que no tenía como un
servicio…

Y su voz se vuelve un hilo.

Jaime Ochoa ha dedicado su vida a las letras: las letras en el tablero de las aulas
de clase; las letras en su labor como corrector editorial e investigador; las letras de
los libros que acoge en su colección.

30.000 libros que pudieron pudrirse en el olvido encontraron un hogar en sus
manos. Una parte de ellos reposa en una estantería artesanal en su sala,
rebosante de todo tipo de volúmenes, tentando a cualquier lector que pose sus
ojos en ella. Y da fe del esfuerzo en su recolección. Lo que empezó con literatura
risaraldense se expandió hasta el Viejo Caldas, el Quindío, Valle del Cauca,
Antioquia y más. Todo lo que pueda dar cuenta de la identidad literaria de la
región.

No hay que ser muy listo para reconocer el tesoro que es esto. Pero he aquí la
paradójica vida de los tesoros: escondidos, esperan hasta ser encontrados y que
su valor sea reconocido. Jaime permanece junto a su tesoro, jamás escondido,
convencido de su valor. Suspira.

-Porque hay convenios que se hicieron con la Gobernación y con
Comfamiliar que nunca se cumplieron. Hay unas fotografías con el
Gobernador, con el director de Comfamiliar… y eso no se cristalizó.

Actualmente, los libros de esta colección se encuentran en dos lugares: su casa, y
una habitación del Edificio de Rentas (ubicado en la carrera 9 con calle 17). Esta
última locación (que alberga la mayor parte del material) se logró gracias a un
acuerdo principalmente verbal ya que, en la Dirección de Bienes de la
Gobernación de Risaralda, departamento que se encarga de administrar este tipo
de espacios, no se conserva ningún documento o registro de este.

El lugar provisto en el Edificio de Rentas funciona como un espacio de
almacenamiento, que se limita a una habitación. Dadas las condiciones, no puede
funcionar como la biblioteca que Jaime anhela. Con voz cansada, arremete contra
la falta de compromiso y palabra de estas entidades.

-Es muy difícil cuando nadie decide, cuando la gente medio conoce las
cosas (porque no conocen qué hay) y valoran y dicen “no, es que eso es
muy caro”. Y yo digo: ¿caro es qué? ¿Cuánto es? No saben qué hay, “no, es
que no tenemos plata”. Bueno, hagamos algo. A mí realmente me interesa
que esta colección quede, en un sitio que sea público, que le sirva a la gente.

Y es que a Pereira se le reconoce por sus grandes actos cívicos, tales como el
convite del Matecaña (en el que más de veinte mil personas se unieron para la
construcción del aeropuerto) y el convite de la Villa Olímpica (con la participación
de más de cincuenta mil personas). Jaime se echa hacia atrás en su silla, y con
una sonrisa recuerda el proyecto con el monasterio de las Carmelitas Descalzas
en el año 2000, en el que por medio de una toma cultural se dio a conocer la
condición del lugar y la necesidad de su restauración.

-Mucha gente dice “el civismo en Pereira se acabó”. Es falso, nos faltan
líderes, falta el liderazgo. Uno emprende una campaña en Pereira y la gente
sale, la gente va, todos nos comprometemos con lo que pasa en Pereira.
Hace 18 años emprendimos una campaña para el monasterio de las                                                      Carmelitas Descalzas, y fue increíble. Éramos cuatro pelagatos, a punta de
teléfono fijo, ni siquiera de celulares, pues. Empezamos una campaña, y se
nos unió una cantidad tan impresionante de gente que eso fue una maravilla.
Y gente joven, y muchísima. Médicos, arquitectos, abogados, ingenieros,
músicos, poetas, todos los artistas. Todo el mundo se integró en el proceso.
O sea que esa llama viva del civismo y del qué hacer por Pereira sigue viva.

Quizás (y es nuestra esperanza e invitación) esa llama viva del civismo permita
que la colección encuentre un espacio en el que pueda ser valorada y
aprovechada como lo amerita, y como la ciudad lo necesita.

Jaime se va relajando, la charla pierde la rigidez, al igual que su semblante.

Reconoce que se enamoró de la docencia en el último año del bachillerato, ya que
su servicio social consistía en dar clase a población adulta en la Escuela Ciudad
Pereira. Licenciado en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad
Tecnológica de Pereira, fue un ratón de biblioteca.

-Cuando empecé a trabajar, me nombraron en un cargo directivo que me
pareció horrible porque no es mi perfil, no me gusta. Fue de vicerrector, en
un colegio de Belén de Umbría, pero irme para Belén me pareció un poco
complicado. Yo soy muy de ciudad. Finalmente, logré hacer un reemplazo en
el INEM, y desde 1980 empecé haciendo reemplazos. Ya en 1981 me llegó
nombramiento…

Y se detiene asombrado, con la mano izquierda en la frente y el brazo apoyado en
el lateral de su silla.

-O sea que realmente llevo más de 40 años.

Sonríe.

Con el panorama actual, e incluso pasado, ser maestro es casi considerado como
un suicidio socio económico. Infinitud de padres anhelan que sus hijos sean
grandes médicos, abogados, ingenieros. Nunca maestros. Pero aquí se encuentra                                             un testimonio en el que los docentes, y quienes se preparan para serlo, pueden
refugiarse.

-Ser maestro es excelente. Realmente recomiendo que todos tuviéramos el
privilegio de ser maestros, y todos, a la vez, lo somos. Todos generamos esa
posibilidad de enseñar, pero también de aprender. Desde sardino, muy
joven, sí pensé en estar con la educación, y ahora, al finalizar, uno sale
cansado, pero satisfecho de la labor hecha, por toda la gente que le queda a
uno en esa historia. Sí me siento contento de haber sido maestro.

Su labor no se limita a la docencia. Una colección como la suya requiere un
trabajo investigativo bastante amplio, ya que debe localizar al autor de cada obra,
rastrearlo geográficamente, procurar una biografía y llevar el inventario de los
hallazgos, entre otras cosas. En su habitación reside un computador que inspira
respeto. Este es uno de sus mayores aliados para rastrear y almacenar esta
información.

Se enciende despacio, un ruido semejante a un ronroneo anuncia su despertar. Y
el fondo de pantalla es un fotomontaje que un amigo le ha hecho a Jaime. Su
rostro, como un collage, se encuentra sobre la imagen de un hombre rodeado de
libros, leyendo cómodamente. No podría ser más preciso.

Cuestionando si se identifica más como docente o investigador, abre los ojos,
exaltado, y recupera el semblante firme.

-Es que el docente tiene que ser investigador. El maestro que no lea, que no
esté investigando, que no esté motivando, que no esté informado de qué
pasa, no puede ser un buen docente.

El eje investigativo de Jaime se encuentra en Pereira: su historia, su literatura, su
tradición. Estos temas podrían ser de gran beneficio en las aulas, más ahora que
la memoria parece ya no ser importante.

-Pero es muy complicado, porque realmente lo que yo trabajo y lo que yo
investigo no es práctico para ellos, no está dentro de los programas                                 oficiales, no está en el libro guía. Yo les puedo hablar sobre historia de
Pereira, pero les puedo hablar el 30 de agosto.

El día oscurece. Después de una buena merienda con cruasán, pastel gloria y
café, Jaime se levanta en frente de su biblioteca, y no se vuelve a sentar.

Toma uno de los libros. Es una especie de catecismo sobre la historia y geografía
del departamento de Caldas. A simple vista denota ser muy antiguo y frágil. No lo
soltará hasta dentro de mucho rato.

-Esto es una joya que ya no se consigue. ¡De esto hay que hacer una edición
urgente! Hay que recuperarlo ya.

Continúa revisándolo meticulosamente, maravillándose con su contenido como si
apenas lo hubiera encontrado. Y la alegría desaparece de su rostro. Las polillas
han invadido el libro y han empezado a comerse las páginas. Se lamenta, y lo
separa. La salvación de este libro está en alta prioridad.

-Por eso es que hay que estar revisando las cosas…

Son las siete de la noche y parece la hora de partir. Se comparten las respectivas
despedidas, pero Jaime no las corresponde. No sin antes compartir otra biblioteca,
y abrir las puertas de su habitación, que no podría ser más acorde con él. La
música, las pinturas, el cine y, por supuesto, los libros, habitan y avivan el espacio.

Pasadas las ocho, Jaime se despide en su recibidor. Puede pensarse que ha
tenido un rato agradable. Atraviesa el pasillo angosto que lleva a su puerta, sin
dejar de hablar de libros e historia hasta el último momento, y se quedará en el
portón, devolviendo las gracias.

-El consejo es dedicarse, con pasión. Es no perderla.

Él no la perdió.

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