Pájaros de verano, en días de lluvia

Por: Andrés M. Foronda

Acabo de limpiar mis pies en un tapete de trapos desmenuzados por el trajín de los días soleados de casa, uno de mis tíos habla de los estragos de las loras en maíz y desde hace días han empezado a dañar el café. Algo raro para ellos y sobre todo para mí que he sido un espécimen flotante, entre las luces de la ciudad que de lejos harían perder a cualquier migración; he flotado ente el asfalto y los caminos polvorientos y deteriorados de un pueblito que ha secado ya parte de la sangre de mi padre y mi abuelo.

Cada vez que regreso me recuerdan de dónde vengo, de que casa es mi nombre y como debo honrarles, tomo carretera arriba y empiezo a recordar el tiempo sobre mis espaldas, en cada giro sobre las cuerdas mohosas de los potreros hay un ave, unas distintas de otras, unos desgraciados turpiales alimentando chamones, coroneles esperando un grillo fugaz y yo dejo caer al suelo el rocío de mis sales. Con ella cae también la tarde calurosa de los veranos rojizos del país de los océanos y que se derrite a diario, de derrumba entre las promesas rotas y la esperanza de un mejor futuro.

No he caminado mucho, bueno lo suficiente para ver la sombra de un gavilán que hace correr a las presas, las perdices sucumben ante el terror de sus garras y el toque de queda da inicio como todas las tardes, las gentes ya no ven como antes la tarde han llegado hordas nefastas de aguilillas de invierno que se camuflan en los matorrales en dirección al monte, anidan en medio de solitarias hogueras y cercenan la tierra, la abonan con mi primo que jamás pudo entender que el verano acababa y los pájaros eran más nuestros enemigos.

Los mojones guían los pasos del rehén que alguna vez fue prospero en los corredores de la casa mi tía y renegaba de la fragua del viejo trovador, el sudor le empapa la camisa que confunde la mugre y las manchas de plátano, dios le escucha, pero no le puede ayudar, los ángeles y los arcángeles no llegan a su auxilio, pronto será atado a un comino crespo pronto llorará su huida de esta nuestra tierra, pronto acudirá al reino de dios que el domingo le era prometido en breve vera la cara de Gestas,  vera morir a un mesías de pantalón corto y pecado ajeno.

Días después su propia carne, le cortara los dedos, las piernas y vera partir a un tío de lengua larga y valentía extraviada, pronto los vecinos le taparán con tierra y hojas, verán culminado el ritual sagrado de la lluvia escarlata que cubre los caseríos de la montaña.

Yo culmino con pesadez el camino que llega a casa, me espera una sonrisa franca, demasiado para mi infantil gusto, saludan con ella las risas de siempre, mis primos reciben mi maleta y en su mirar hay un cuento que no debe ser dicho con premura, las escalas de madera me aguardan el patio aun esta cuarteado por el abrazo vigoroso del sol que pareciera no tener cambio alguno en sus ángulos.

Mi abuela sale de la cocina trae para mí un alivio, le bebo como el vinagre en la cruz y escucho frases de siempre, mi cabeza se llena de emociones viejas de respiros verdes y suaves vientos de paz, pero en la mirada de todos hay un augurio que antes no había visto, después de un rato las tablas no truenan en mis pies y la comida cae en los platos de peltre que han decorado los mesones desde siempre.

El frio se cuela por las fisuras de una casa hecha a prisa, las casas de cancel tienen ese divertido juego de fugas de vientos de madrugada que parece que perforan los huesos, la lluvia cae con fuerza en las hojas de zinc, las casillas se mesen en medio de la tormenta que inauguran los días de lluvia, los barrizales cobran vida mientras nosotros cobijamos el sueño.

La mañana entra a hurtadillas por las puertas abiertas por mis tías, la mañana muestra una verdad oculta por el ocaso y la quietud ordenada por los pacificadores que han llegado desde lejos pregonando no sé qué en un acento confuso para nosotros. En el cielo, un cielo de azul pálido, se ven bandadas de unas aves negras de mediano tamaño, vuelan en círculos dibujan las nubes, les destrozan en pequeños pedazos, el sol nace pálido, ha perdido color anuncia con sutil calidez el atroz llamado de la guerra que ahora es sepultado, un hedor húmedo de barro y hierba se amalgama con el chocolate del desayuno, hay cacareo constante y una correría de arrieras cruza el patio, miran como si viesen nada, los ojos les están perdidos la vida se les escapa y para remediar su furia en otras piles la arrebatan, jamás les había visto tan de frente, nunca pensé que mis días se habrían de encontrar con los ríos de muerte que solo parecían una imagen televisiva.

Los días siguen, pasan años, y esa bonanza es un crudo recuerdo del salvajismo que trae la droga a los pueblos, hoy camino por las calles en las que mi padre camino, en la esquina en que mi abuelo cayó herido de muerte y en la que trató infructuosamente cortar un silencio de años. Hoy veo con desconfianza las promesas de un futuro incierto, más que nunca porque no leímos los sueño como Úrsula, no hemos terminado de escribir la trova más amarga de nuestra casta. El café que alguna vez fue el más valioso estandarte de estas tierras cuesta un cagajon, se lleva más tiempo que antes, las espaldas están viejas y las jóvenes corren a la selva, cruzan ríos de peces motores, mi primo, como un Raphayet, quiere darle la gloria perdida a su apellido, pero el precio de su mercancía es a perdida, pronto llegara la bonanza, regresaran los custodios, las fiestas, cabalgatas, las putas y los muertos, en cualquier día será bombardeado el cañón por el inofensivo glifosato.

Pájaros de Verano no solo fue un reto creativo, el clima un adverso, un trabajo enorme llevado a cabo por Cristina Gallego y Ciro Guerra, es un largometraje que recoge la historia nuestra, solo cambia en acentos y fotografía a medida que se recorre el amplio país que nos da nombre. Usted entrara a cine y se va a encontrar con un recorrido del inicio de todo, del origen de esta parte de la historia que se envuelve en la magia de las palabras y se adentra en la mente del hombre en cantos ancestrales que parecen agonizar a diario, el siglo cae con fuerza abrumador, usurpa la herencia de una idiosincrasia desnutrida y que parece luchar sin fuerza a un monstruo mediático.

Deseo con fervor que esta película como su antecesora ocupe los titulares de la prensa, que regrese a cartelera con el tiempo suficiente para que sea parte de una charla de todos y no el cuento fugaz de un amante de su nación, que el cine colombiano sea discurso de nuestro y su apasionante contenido viva en la retina de aquellos que pronto van a recorrer las calles iluminadas por luciérnagas gigantes.

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